Vesthi

Disfraces que vuelven

Un disfraz bueno no se compra: se alquila

Un taller pequeño con un armario grande, para las noches en que apetece ser otro.

De dónde viene SkinZone

De una cuenta que no sale. Un disfraz de los buenos —de los que tienen forro, cierres que aguantan y una capa que cae— cuesta lo que cuesta, y se pone una noche al año. El de veinte euros se rompe a mitad de fiesta y acaba en la basura en enero.

Así que lo compramos nosotras y lo alquilamos. Cada disfraz sale, vuelve, se revisa, se limpia y se cose lo que haga falta antes de volver a salir. Un armario que se usa entero es más barato para todo el mundo que treinta armarios que se usan una noche.

Un rincón del taller: hilos, el cabezón de píxeles a medio montar y un maniquí con el mono de rombos

Cómo elegimos lo que entra

Antes que la foto, la costura. Un disfraz de alquiler se pone, se suda, se sienta y se baila con él: entra si aguanta veinte salidas, no si queda bien en una.

Buscamos piezas separables —capa, chaleco, camisa— porque se limpian mejor, se reparan por partes y dejan que cada uno ajuste el conjunto a su gusto. Cada disfraz está en tres tallas y de cada talla tenemos varias copias, para que un sábado de Carnaval no dependa de quién reservó primero.

Y cuando una pieza deja de estar presentable, sale del catálogo. Preferimos diez disfraces que estén bien a treinta que estén regular.

Tres personas disfrazadas cruzando un pasillo a contraluz, camino de la fiesta

¿Te ayudamos a elegir?

Mira el catálogo o lee cómo funciona el alquiler.